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"Vayan y Anuncien"

Mc. 16,15.
Desde 1913 anunciando el evangelio en el barrio de Palermo.

Vida y obra de San Francisco Javier

El Papa Pío X nombró a San Francisco Javier como Patrono de todos los misioneros porque fue sin duda uno de los misioneros más grandes que han existido.  Ha sido llamado: “El gigante de la historia de las misiones”.

Empezó a ser misionero a los 35 años y murió de tan solo 46.  En once años recorrió la India, el Japón y varios países más.  Su deseo de ir a Japón era tan grande que exclamaba: “si no consigo barco, iré nadando”.

Francisco nació cerca de Pamplona (España) en el castillo de Javier, el 7 de abril de 1506.  Era de una familia que había sido rica, pero que a causa de las guerras se había venido a menos.  Desde muy joven tenía grandes deseos de sobresalir y de triunfar en la vida.  Era despierto y de excelentes cualidades para los estudios.

Fue enviado a estudiar a la Universidad de París, y allí se encontró con San Ignacio de Loyola, quien se hizo muy amigo suyo y empezó a repetirle la famosa frase de Jesucristo: “¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero, si se pierde a sí mismo?”.  Este pensamiento lo fue liberando de sus ambiciones mundanas y de sus deseos de orgullo y vanidad, y lo fue encaminando hacia la vida espiritual.  Aquí se cumplió la frase del Libro del Eclesiástico: “Encontrar un buen amigo es como encontrarse un gran tesoro”.  La amistad con San Ignacio transformó por completo a Javier.

Francisco fue uno de los siete primeros religiosos con los cuales San Ignacio fundó la Compañía de Jesús o Comunidad de Padres Jesuitas. Ordenado Sacerdote colaboró con San Ignacio y sus compañeros en enseñar catecismo y predicar en Roma y otras ciudades.

El Sumo Pontífice pidió a San Ignacio que enviara algunos jesuitas a misionar en la India.  Javier obedeció inmediatamente y emprendió el larguísimo viaje por el mar.  Con San Javier empezaron las misiones de los jesuitas.

Son impresionantes las distancias que Francisco Javier recorrió en la India, Indostán, Japón y otras naciones.  A pie, solamente con el libro de oraciones, como único equipaje, enseñando, atendiendo enfermos, obrando curaciones admirables, bautizando gentes por centenares y millares, aprendiendo idiomas extraños, parecía no sentir cansancio.  Por las noches, después de pasar todo el día evangelizando y atendiendo a cuanta persona le pedía su ayuda, llegaba junto al altar y de rodillas encomendaba a Dios la salvación de esas almas que le había encomendado.

Estableció clases de catecismo para niños y adultos.  Popularizó la costumbre de confesarse y comulgar.  Enseñaba la religión por medio de hermosos cantos que los fieles repetían con verdadero gusto.

Cuando más tarde quisieron llevar sus restos a Goa, encontraron su cuerpo incorrupto (y así se conserva).  Francisco Javier fue declarado santo por el Sumo Pontífice en 1622 (junto con Santa Teresa, San Ignacio, San Felipe y San Isidro).